Tal y como decía Aristóteles, el ser humano es un animal social por naturaleza y, por ello, necesita de los demás para poder sobrevivir, desarrollarse y realizarse. De esta manera, a lo largo de nuestra vida nos encontramos sumergidos en relaciones muy diferentes: la familia, las amistades, la pareja, lxs compañerxs o los animales son seres que forman parte indisoluble de la construcción de nuestra identidad como personas. Asimismo, también, nos vinculamos con objetos, etapas de nuestra vida, metas, enfermedades, etc.
En estas relaciones muchas veces – la mayor parte de ellas, de forma inconsciente - adoptamos una serie de roles perjudiciales para la propia dinámica del vínculo y empezamos a basar gran parte de nuestra personalidad en ellos. Estos roles, llevados a cabo de manera constante, terminan dando lugar a las conocidas “relaciones tóxicas” (o, desde una perspectiva más técnica, “patrones relacionales disfuncionales”). Esta forma de vincularnos se traduce en un amplio abanico de emociones y sentimientos desagradables caracterizados por un intenso malestar.
Por ello, en esta entrada del blog, quiero hablarte del Triángulo Dramático de Karpman, un modelo psicológico que nos sirve para explicar, tomar conciencia, identificar y analizar qué rol estamos llevando a cabo en nuestras relaciones, para poder así prevenir conflictos de carácter interpersonal.
Qué es el Triángulo dramático
El Triángulo Dramático es un esquema que describe tres roles que suelen aparecer en los conflictos interpersonales: Perseguidor/a, Salvador/a y Víctima. Estos roles generan relaciones codependientes, ya que se sostienen mutuamente. Aunque cada persona suele inclinarse hacia un rol, puede adoptar distintos según la relación o el contexto. Por ejemplo, alguien puede situarse habitualmente en el rol de Salvador/a en su relación de pareja y, sin embargo, adoptar el rol de Perseguidor/a en la relación con un hermano o un familiar cercano.
Se trata de una dinámica inconsciente en la que los tres roles se retroalimentan y comparten una dificultad común: responsabilizarse de la propia experiencia emocional.
Salir del triángulo es fundamental para construir relaciones más sanas. No requiere que el otro cambie, sino iniciar el cambio en uno mismo. Como en un engranaje, cuando una rueda cambia su forma de girar, las demás se ven obligadas a adaptarse, y el movimiento del conjunto ya no es el mismo: todo el sistema relacional comienza a transformarse.
¿Qué me ha hecho tener un rol u otro?
Aquí no hay una única respuesta, ya que pueden existir múltiples causas que te han podido influir para llevar a cabo un rol u otro. Pero lo que sí sabemos es que la manera de vincularse durante la infancia, la formación del apego con nuestras figuras de referencia, las dinámicas relacionales, los traumas vividos y las reglas familiares/sociales (como, por ejemplo, “no molestar”, “desconfiar de los demás”, “mejor no sentir sensaciones desagradables” o “priorizar siempre a los demás por encima de ti”) entre otros, afectan a la persona y le pueden condicionar hasta llegar al punto de terminar encarnando un rol u otro en sus relaciones.
Veamos juntos un ejemplo: he aprendido a que para sentirme vista y querida debo priorizar al otro y no “incordiar” con mis cosas y, por ello ahora, en mi relación con mi pareja le priorizo siempre, estoy pendiente de lo que necesita, de sus citas médicas, etc., por miedo a que no me quiera o no me necesite: “le salvo”. Desempeño, así, un rol de “Salvadora” y, como consecuencia de ello, favorezco que mi pareja termine encarnando un rol de “Víctima”.
Características de los roles
Sumerjámonos ahora en las particularidades de cada rol del Triángulo Dramático con un poco más de detalle.
El Perseguidor adopta una posición de control y superioridad moral. Centra su atención en el otro, critica o presiona cuando no se cumplen sus expectativas y evita así conectar con su propia vulnerabilidad. La emoción dominante es la rabia, que suele encubrir vergüenza, miedo o impotencia. Su conducta no nace de su aparente fortaleza, sino de la defensa y del miedo a perder el control.
El Salvador se caracteriza por una actitud paternalista y protectora. Necesita sentirse indispensable para sentirse querido, por lo que se anticipa a las necesidades del otro, se sacrifica y evita el conflicto. Aunque su ayuda parece altruista, suele restar autonomía y reforzar la dependencia. La culpa es la emoción predominante, y ayudar se convierte en una fuente de validación personal.
La Víctima se sitúa desde una posición de inferioridad y desvalimiento. No confía en sus propios recursos, demanda ayuda constante y busca protección y seguridad externas. Aunque este rol genera sufrimiento, también aporta beneficios secundarios, como atención y cuidado. Predominan la vergüenza y la angustia, lo que dificulta tolerar la crítica y refuerza la dependencia.
Estos tres roles se retroalimentan y sostienen dinámicas relacionales disfuncionales. Desde la terapia, el objetivo es favorecer la salida del triángulo, promoviendo responsabilidad emocional, autonomía y contacto con los propios recursos internos.
Cómo salir de cada rol
Salir del Triángulo Dramático no implica cambiar de rol, sino asumir responsabilidad emocional y salir de este juego relacional de codependencia. El cambio se produce cuando cada persona se hace cargo de lo que siente, necesita y elige, pasando de vínculos basados en control, culpa o dependencia a relaciones más conscientes y autónomas. No se trata, pues, de cambiar de “personaje, sino de romper el “tablero” de juego.
El Perseguidor deja el control y aprende a expresarse de forma asertiva, responsabilizándose de sus emociones.
El Salvador deja de ayudar por necesidad y empieza a poner límites, respetando la autonomía del otro.
La Víctima recupera sus recursos, asume responsabilidad y aprende a pedir ayuda sin desvalorizarse.
Así, las relaciones dejan de sostenerse en ataques, rescates o sumisión y se construyen desde el respeto, la autonomía y el equilibrio.
Si quieres saber cómo alcanzar una dinámica sana, no dudes en contactarme y trabajaremos juntos para conseguirlo. No se trata de cambiarte, sino de cambiar tu forma de relacionarte trabajando tus miedos e inseguridades. ¿Empezamos?
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